Un tapado con aires de paraíso

El pueblo, cada vez más popular entre los veraneantes, genera emociones fuertes gracias a sus preciosas playas. Las caminatas, que conectan los distintos balnearios a través de morros y panorámicas espectaculares, es otro de sus puntos álgidos

Camboriú, Bombinhas, Canasvieiras, Torres… a muchas de ellas, ciudades playeras emblemas del sur de Brasil, ya las conocemos. Sin embargo, ninguna se le arrima en términos de paisajes a Praia Do Rosa. Una perla no tan célebre del Estado de Santa Catarina que, de acuerdo a distintas fuentes, cuenta con algunas playas “Top 10” del “País Tropical”. Si a eso se le suman los aires de aldea con movimiento, el espíritu joven y familiar a la vez, las lagunas y dunas cercanas y unas espectaculares caminatas por morros que hacen alquimia con el océano, ya hay cita.

A 1.750 kilómetros al noreste de Villa María, 85 al sur de Florianópolis y a pasitos de la juvenil y noctámbula Ferrugem, Praia do Rosa bien podría ser un muy apaciguado pueblo de pescadores. De hecho lo es a lo largo del otoño, el invierno y la primavera, cuando los turistas no se abalanzan buscando este rincón del litoral sureño.

 

Hay agite, y también paz

El verano, se ponen movidas las callecitas de tierra que suben y bajan, repartiendo barcitos piolas y restaurantes accesibles, y cantidad de “pousadas”, hostels y hoteles económicos. Las noches son de fiesta y esparcimiento en ojotas (sin descontrol, aunque hay para todos los gustos). Los días, de cuerpos al sol hinchando la arena.

Aún así, los amantes de la paz y los silencios también sabrán encontrar su lugar. Y es que desde que el sol sale a ensanchar la tierra y durante la primera mañana, las playas respiran casi vacías. Ideales para relajar cuerpo y alma, correr o caminar a la vera de las olas, practicar yoga o meditación, o simplemente deleitarse con las vistas que lanza el agua azul pura (mucho más limpia que en balnearios cercanos) combinada con los cerramientos rocosos, verdes y 100% “natureza”, brillando a ambos costados.

A la hora de lanzar nombres de playas, hay que citar a la misma Praia Do Rosa (dividida en “Norte” y “Sur”), Praia Vermelha, Praia do Ouvidor, Praia do Luz (con la Isla Do Batuta al frente) y Praia Da Barra da Ibiraquera (estas dos, en rigor, pertenecen al municipio vecino). La primera y la última del listado, son las más grandes, y por tanto las más congestionadas. En todas, es común la práctica del surf, el kitesurf y otras disciplinas que tienen al mar como protagonistas.

Con todo, lo mejor de Praia do Rosa son acaso las caminatas que conectan a los distintos balnearios, en un promedio de 30 minutos de marcha, varios de ellos en subida o bajada. Son las famosas “Trilhas”, que funden al peregrino de malla y toalla al hombro con los típicos morros brasileños. Praderas en altura, piedras y vegetación circundante, regalan espacios bien abiertos para contemplar las medias lunas de arena, la espuma en la costa, el espectáculo de un Atlántico que se antoja infinito, y de un continente repleto de bendiciones.

 

Dunas, lagunas y ballenas

Otras actividades para aprovechar la belleza de la zona son los circuitos preparados para andar a caballo (emprendedores argentinos, que se cansaron del asfalto y aterrizaron en el paraíso, son los que prestan el servicio), las visitas a las inmensas dunas de arena (como las de Ribanceira y las de Ouvidor) y, obviamente, los días de playa pero al borde de las lagunas, como las pequeñas do Peri y do Meio y la inmensa da Ibiraquera, que domina buena parte de la zona y en el sector de Barra da Ibiraquera enlaza directamente con el mar.

Un espectáculo Praia do Rosa. Ni que hablar de junio a noviembre, cuando a las postales de ensueño hay que añadirle la visita de unas amigas dignas de ser contempladas de cerca, barco mediante. Son las ballenas, que se acercan a la costa como queriendo seguirle los pasos al afortunado viajero.

 

Humor viajero – Faisanes con dos nacionalidades

Por el Peregrino Impertinente

Llamativo estatus el de la Isla de los Faisanes, que la mitad del año pertenece a Francia y la otra mitad a España. Un extraño caso que a la ciudadanía en general le resbala, pero no así a los faisanes, quienes por su doble nacionalidad no saben si ponerse a cantar la Marsellesa o a cambiar un foquito entre diez.

Ubicado sobre el extremo oeste del Bidasoa, río que hace las veces de línea divisoria entre ambas naciones en este sector del mapa, el islote tiene apenas 5.000 metros cuadrados de extensión: son 215 metros de largo por 38 de ancho “Bah, que porquería. Yo si fuera el dueño de eso y alguna comunidad nativa viene a reclamarme que se los devuelva, ni me molestaría en llamar al presidente y obligarlo a que envíe la Gendarmería a reprimir de forma brutal y sangrienta”, comenta Luciano Benetton.

“No hay que ser tan chiquitos de pensamiento, por favor: en la sociedad actual, para justificar el asesinato de indios hace falta tener haciendas mayores. La proporción hoy por hoy sería de un aborigen muerto cada 10 hectáreas, aproximadamente”, agrega el empresario, mientras explica la teoría ayudado de gráficos de barras y cuadros sinópticos.

Volviendo al tema que nos compete, hay que decir que la Isla no tiene mayores atractivos ni hay gente que habite en ella. De cara a Hendaya (Francia) e Irún (España o País Vasco, depende de quién lo diga), el lugar es apenas un pedazo de tierra con pasto y árboles. Aun así, ninguno de los dos estados ha querido soltar prenda, y de ahí que hayan decidido compartirlo, de la mano de un tratado cuyas raíces se remontan a por lo menos cuatro siglos atrás “Ah joya ¿Entonces el reclamo se lo hago a Luis XIV o a Felipe IV?”, pregunta con sorna un viejo faisán, hasta el pico de vivir en ese limbo patriótico.      

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