Una historia local feminista

Cuando se escribe acerca de la historia local no puede dejarse de reflexionar tanto acerca del concepto de memoria histórica como el de identidad. Resulta innegable que interrogantes como aquellos que indagan por los orígenes y por la propia historia están muy presentes en los procesos de identidad. En todo relato histórico está la pregunta quiénes somos. Es una pregunta que sin necesidad de ser explícita igual nos interpela, desde los trabajos históricos que indagan en el pasado para saber, desde este presente, quiénes somos y lanzarnos hacia el futuro. Es decir, no solo se trata de recopilar datos acerca de lo sucedido en tiempo pretérito en la ciudad, también es un ejercicio que nos impulsa en la búsqueda de nuestra identidad, en saber qué procesos se han dado en esta comunidad. En definitiva cómo, desde su origen, la comunidad fue desarrollando su vida como tal.

Ahora bien, este mirar hacia el pasado puede darse de diversas maneras. De hecho, entre los trabajos historiográficos locales puede relevarse la adopción de muy diferentes enfoques y múltiples posiciones metodológicas. Aquí debe hacerse hincapié en que no hablamos de trabajos que solo apuestan a la memoria y están inclinados, únicamente, a rememorar sucesos del pasado sin rigor en el registro de datos, como tampoco en el análisis de los mismos.

Sin agotar esa referida variedad, podemos citar algunos ejemplos. Es así que notamos una interesante cantidad de trabajos escritos desde la visión del poder. Es decir, desde los sectores sociales dominantes. Entre esos estudios se encuentran aquellos que encuadrarían en lo que, para este artículo, podemos describir como la “historia del doctor y la autoridad política”. Se trata de trabajos basados en los discursos de los “encumbrados hombres de prestigio” de la ciudad, también suelen basarse en la documentación oficial y desde allí hacer la lectura del fenómeno que se estudia. Quizás lo más destacado es la falta de crítica a esos discursos. Se acepta lo dicho, tanto por los encumbrados como por los documentos oficiales, no solo sin realizar crítica alguna, sino que también se los resguarda de la tensión que podrían sufrir al ser expuestos a los datos que pudieran surgir de otras fuentes. Tampoco suele existir interrogantes por los datos faltantes, que evidentemente no han sido registrados por la documentación consultada. En este tipo de trabajo no es difícil encontrar elementos que permiten ver su carácter positivista que solo entrega especial, muy relevante y casi exclusiva calidad de documento a lo escrito. Esto le lleva a no considerar fuentes documentales que en otras corrientes son de gran importancia.

Dentro de los trabajos de historia local también solemos encontrarnos con publicaciones de pretensiones académicas, que solo abordan acontecimientos de manera desconectada del contexto y sin relacionarlos con otros acaecidos anterior o posteriormente. En este marco suele avanzarse en una suerte de listado de acontecimientos, debidamente fechados y respaldados por documentación oficial. Estos trabajos de un valor inmenso claramente contribuyen a la construcción de la historia local y regional. Pero a la par de reconocer esto debe entenderse que suelen reproducir el discurso del poder y niegan actores que, de esa manera, quedan fueran de la historia. Enfoques como éstos, en lugar de favorecer las respuestas de los interrogantes identitarios que referimos anteriormente, terminan aportando distorsiones que nos dificultan vernos como comunidad.

Podría continuar con el análisis de estas posiciones historiográficas, pero, en realidad, lo dicho alcanza para entender que no podemos encarar nuestras búsquedas identitarias con los déficits expuestos. Tal cual ha sido entendido desde algunos lugares, resulta imprescindible superar esas limitaciones y otras que aún no han sido abordadas. En esto deseo ser claro, en relación a lo local y regional aún no se ha desarrollado una historiografía feminista. Existen mujeres que estudian y escriben acerca de la historia local y regional. También hay publicaciones que rescatan figuras femeninas del pasado de la ciudad. Pero algunos de esos trabajos pueden ser inscriptos en las mismas corrientes historiográficas que escriben las historias centradas en el hombre y no cuestionan la división jerárquica de la sociedad y dejan de lado la opresión de la mujer. No podemos negarnos a incorporar el amplio andamiaje teórico producido por la historia de las mujeres en todo el mundo junto a los aportes de los diferentes feminismos.

Sería importante y enriquecedor para toda la ciudad que desde organizaciones sociales, educativas, administración estatal y colectivos de mujeres se buscaran caminos para el desarrollo de estudios historiográficos locales y regionales que cuestionen el carácter androcéntrico de la mayoría de los que hemos escrito acerca de nuestro pasado comunitario. Esto nos solo nos llevaría a estudiar temas que aún no han sido abordados, sino además a la utilización de métodos, técnicas y discursos que incorporen la visión feminista. Así podríamos producir una lectura de lo pretérito que no fuera un mero discurso de la dominación, sino fuente para la deconstrucción de la jerarquización social que impone discriminación y opresión a las mujeres. Es decir que al rescate de nombres de mujeres en nuestra historia, sumarle el estudio del pasado con, por ejemplo, aquellos aportes teóricos que permiten entender y buscar la superación de la subordinación de la mujer a una jerarquización social que la arrastra al sometimiento. De esta manera, como comunidad, transitaríamos con mayores beneficios los interrogantes identitarios que atraviesan los trabajos historiográficos.

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