Una promesa, para cuando pase el invierno

Es, sin dudas, uno de los espacios protegidos más bellos de nuestro país. Ni bien regresen los calores, volverá a convidar al viajero con caminatas, bosque valdiviano, lagos aptos para el chapuzón, ríos, montañas y, claro, gigantescos alerces

Escribe Pepo Garay

ESPECIAL PARA EL DIARIO

Aquí y ahora, la empresa se torna casi imposible. La ola polar cubrió de blanco casi toda la Patagonia, y cualquier intento de caminarle las bellezas al Parque Nacional Los Alerces viene con aroma a quimera. Pero de acá a unos meses, cuando los calores ya retomen protagonismo, será otra cosa. Entonces, uno de los espacios protegidos más espectaculares de Argentina, abrirá los brazos nuevamente para recibir a los amantes de la naturaleza.

Emplazado en el noroeste de la Provincia de Chubut, unos 1.800 kilómetros al sur de Villa María y a apenas 45 de Esquel (ciudad que hace las veces de puerta de entrada y base de operaciones para esta aventura), Los Alerces reparten alrededor de 260 mil hectáreas de impresionantes postales, en las que sobresalen montañas de todo tipo (las picudas y las menos empinadas), bosques muy tupidos e intensos, ríos turquesa y violentas corrientes, lagos inmensos y buenudos, y flora y fauna diversa y de a montones. Vaya si no dan ganas de tantearle los embrujos, íntimos amigos ellos de la Cordillera de Los Andes, protectores del lahuán, del ciprés, del maitén, del arrayán, de la lenga, de la vida.

 

El Futalaufquen, el Verde y el Menéndez

Citábamos a los lagos, y en función a ellos es que se arma la recorrida. Son nueve los espejos de agua que preñan el parque (en verano todos invitan al chapuzón), pero tres destacan por sobre el resto: el Futalaufquen, el Verde y el Menéndez. En ellos nos concentraremos durante el inventario. Ellos y su entorno, serán nuestra ojeada a Los Alerces.

El primero es el más accesible desde Esquel, y presenta una facha poética. Silueta lánguida la del espacio, ajeno al gentío (una constante de Los Alerces en general, tan aislado y puro que está), con el agua rodeada de cerros más bien tenues, más bien filósofos. Se relame uno contemplando la acuarela desde el bosque vecino, en una caminata que desemboca en Puerto Limonao (un par de catamaranes recorren el área).

En tanto, el Verde da brillo a los sueños del viajero con su marco excelso. Se trata de un lago que sí, que es verde pero esmeralda, verde límpido, precioso. Pequeño en comparación con sus vecinos, ofrece playa de cuentos y laderas henchidas de arboledas, con un camping que, arriba, promete noches estrelladas y días de intenso contacto con la creación.

Desde allí nacen varias caminatas de fuste. De las más accesibles es la que lleva al mirador del Lago Verde. La mini excursión regala una de las mejores panorámicas de la Patagonia. Es la que comparten los lagos Menéndez, Rivadavia y el propio Verde. El común denominador es la quebrada salvaje pero amena, el recorte de cúspides en el horizonte y, en pleno verano, hasta dejos de nieve en cimas jurásicas.

Otra muy buena opción desde el Verde es dirigirse a vía sendero al puente colgante o Pasarela, y alucinar con el turquesa (¿o es celeste?¿o es el cielo?) del río Arrayanes. Furioso pasa, extremadamente resuelto. A los costados hay más troncos y copas verdes y totales, y sombras, y más bosque valdiviano, y más hendijas entre el follaje que mandan luz y montaña.

Por su parte, el arribo al Lago Menéndez (una media hora de andar desde el punto anterior) viene con tanteo a Puerto Chucao, desde donde salen catamaranes que llevan al Alerzal Milenario (2.500 años de vida, 60 metros de altura y 2,5 de diámetro), previo paso por el Glaciar Torrecillas.

Ya de regreso al ala sureste del lago, conviene continuar explorando senderos y llenar ojos y narices de Alerces. Nunca se cansa uno.

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