Verano en Rio Grande do Sul

El balneario más popular del estado sureño presenta múltiples propuestas durante cada temporada estival. Playas, vida urbana y citas con la naturaleza, de cara al Atlántico

Escribe: Pepo Garay
ESPECIAL PARA EL DIARIO

ace 25 años, Torres era un pueblito dulce y adormecido, donde los días y las noches se pasaban con calma extendida. Hoy, aquella aldea mutó definitivamente en ciudad, en un centro gobernado por los edificios de departamentos y comercios preparados para los turistas que se multiplican durante cuadras y cuadras. El fenómeno, el trueque de semblante, en realidad no sorprende. Un lugar así de apetecible no podía durar mucho fuera del ojo de las masas.

Destino veraniego por excelencia, Torres es el emblema playero del estado de Rio Grande do Sul, en el sur de Brasil. Se da cuenta rápido el viajero al ver la cantidad de camisetas del Gremio y el Internacional de Porto Alegre, el enorme mate chimarrão (lo toman con devoción los habitantes de la región), los rostros blancos que tienen más que ver con argentinos de la Pampa Húmeda que con cariocas o bahianos. La cultura brasileña tradicional también respira, claro, pero el marco lo pone la idiosincrasia gaucha (se lee gaúsha), más campera, más europeizada.

Al ritmo que imponen el sol y las olas, lo primero es obviamente la playa. Hacia allá vamos entonces, dispuestos a disfrutar de las particularidades de los distintos balnearios. Allí, arena planchada y hermosa, mar refrescante y con carácter, mucho movimiento popular y preciosas vistas a los morros del parque Da Guarita (pilar del paisaje local) son la constante.

 

Con nombres propios

Ya entrados en el análisis algo más minucioso, los nombres se van desplegando. Praia Grande atenaza el centro y es por lejos la más concurrida, adornada en verano de actividades como conciertos de música, clases de gimnasia y una línea de propuestas gastronómicas en torno a la avenida Beira Mar, que ofrece desde cachorros quentes (panchos gigantes con todo) y coxinhas (bolas de harina frita rellenas de queso, jamón, carne de vaca y pollo, entre otros ingredientes), hasta mariscos.

Después, sobresalen Prahina (pegada a la Grande y al Morro do Farol, otro ícono local), Praia Dos Molhes (juvenil, ideal para la práctica del surf o kitesurf), Praia Guarita (bañada de rocas y lindera al parque homónimo, es más tranquila que las otras) y Praia da Cal.

Pero en Torres no todo es cuerpos echados al sol. La ciudad convida con un centro muy movido, donde el día a día de los locales se aprecia en lugares como la colorida plaza João Neves da Fontoura. De noche, hierve la movida en los múltiples boliches y bares preparados para paisanos y especialmente para forasteros.

Con todo, el municipio presenta un perfil marcadamente familiar. Entre las actividades para disfrutar con el grupo destacan el parapente (desde el ya citado Morro do Farol), el surf, el kitesurf, las excursiones en canoa y sobre todo los paseos en globo aerostático (Torres es referente a nivel nacional en ese sentido y todos los meses de abril convoca multitudes con un concurrido festival internacional de la disciplina).

 

Mar a vontade

Ya de vuelta en el contacto con la naturaleza, conviene darse una vuelta por el muy bien parecido Parque da Guarita (pegado al centro) y desde los balcones de la creación admirar el inmenso y orgulloso Atlántico a vontade (o a voluntad, todo lo que uno quiera), al decir de los brasileros.

También, visitar la Lagoa do Violao (mezclada con el paisaje urbano) y el río Mampituba, desde donde se pueden contratar las excursiones en lancha que llevan a la cercana Ilha dos Lobos. Protagonizada por la piedra, es habitada por lobos marinos desde junio a noviembre, aproximadamente. En verano, la excursión corporiza una buena opción para adentrarse algo en los territorios marítimos y contemplar a la crecida Torres desde una perspectiva distinta.

 

HUMOR VIAJERO

Chanás

Por el Peregrino Impertinente

Además de transportar millones de toneladas de soja que sirven para comprar millones de Hilux, emblema por excelencia de nuestro campo gaucho, matrero y premium, el Paraná existe a los fines de almacenar el aura de pueblos casi idos que forjaron su historia. Como los chanás, que, a diferencia de lo que el lector pueda pensar, no son un grupo de música popular que alcanzó el estrellato gracias a temas como “Te doy hasta que Julián Assange salga de la Embajada de Ecuador en Londres” o “Tu peculiar semblante me recuerda a Milagro Sala, pero igual te entro”.  

No. Los chanás son una comunidad autóctona que supo ocupar buena parte de las costas del caudaloso río y allende, fundamentalmente en la zona de lo que actualmente es Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes. Allí dieron vida a sus milenarias tradiciones, como aquella de pasarse días arriba de las canoas, buscando los dorados y los surubíes, peces tan importantes para su subsistencia que prácticamente eran considerados sagrados. “Sagrado es el guiso que me voy a clavar con los bichos estos”, comentaba un miembro de esta colectividad pariente de los mocoretás, pero no de los Tangs ni de los Clights.

Hoy, el viajero que visite las riberas del gran río argentino podrá absorber la mística dejada por los chanás durante siglos y, si tiene suerte, conocer a alguno de los escasos descendientes que conservan la magia ancestral. “Claro que conservo la magia de mis antepasados, si no me cree, mire esto”, dice un integrante de la tribu mientras saca un interminable pañuelo de su manga, un conejo de la galera y simula cortar a su secretaria en dos. Lástima que nos tocó el más salame del clan.

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