El creador aventurero de La Palestina

domingo, 10 de noviembre de 2019 · 11:47

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       más de uno en La Palestina se le dibuja una sonrisa cuando el nombre de Bartolo Fassi surge en medio de una charla.

Para muchos, Bartolito fue un todoterreno, pero sobre todo fue el gran mecánico de la localidad.

Dueño de un carisma particular, con su sombrero de trapo y un overol, el hombre fue multifacético. Es que también se calzó las vestimentas de corredor de bicicleta, integrante de la Banda Musical, comisario de pueblo y fue el primer presidente de la Cooperativa.

Según narran las voces del pueblo a la vuelta de los años, allá por la década de los 70, su Siam Di Tella tuvo una metamorfosis aún recordada. Aquella máquina de mil kilos abandonó los surtidores por un momento y se acercó a una manguera y una garrafa. Sí. Lo había modificado para que funcione a gas. ¿Fue el primero? Todos aseguran que sí.

Las voces cuentan que, sin dudarlo, decidió viajar junto a Elena, su esposa, esquivando todo tipo de control policial hasta Catamarca; allí los esperaba su hija Silvia, quien se había casado y ya se encontraba viviendo en dicha provincia.

Por aquellos tiempos estaba prohibido llevar garrafas en el interior de un automóvil; este aventurero llevaba dos. De este modo, un auto a gas desfiló por las rutas argentinas mucho antes que las inversiones generadas por las empresas de GNC lo volvieran parte del paisaje urbano que hoy nos invade y ya no nos sorprende.

También, en su rol de inventor, emergió desde sus ideas el boyero eléctrico. Ese mismo que hoy pulula dentro de nuestra pampa para contener al ganado. “Como tenía que fabricarlo en serie y no lo hizo, le copiaron el invento”, asegura una fuente.

¿Anécdotas? Miles. En cierta ocasión la Cooperativa de Tamberos del pueblo supo comprar un motor, el cual a los pocos días se descompuso. Obviamente, al estar dentro de la garantía, los mecánicos de Buenos Aires fueron convocados para su arreglo.

Tras luchar y renegar entre los metales durante horas, los enviados no encontraron la solución hasta que a alguien se le ocurrió llamar a Bartolito. Picotti, encargado de la Cooperativa, había insistido, aunque no le hacían caso en un inicio.

Finalmente, el hombre llegó, miró un poco el motor, pidió un taco de madera y un martillo grande. “Denle manija nomás”, aseguró el hombre tras darle un golpe al motor. El sonido de inicio de la combustión coincidió con la mirada estupefacta de los trabajadores que habían viajado varios kilómetros (quizás para llevarse un aprendizaje).

Gabriel, su nieto, hoy vuela alto siendo piloto de aerolínea. La vida tiene también otros viajes, conexiones y destinos. “Aquello de engrasarme entre los motores me llevó a esto”, afirmó cuando se le solicitó un recuerdo de su abuelo.

En mayo de 2000, junto al frío de un invierno que se aceraba, Bartolo dejó de existir, pero dejó una huella imborrable de todos aquellos que supieron compartir con él las diferentes historias que recorrieron las calles de la localidad; será por eso que hoy una arteria posee su nombre.

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