Viajeros Villamarienses/Parque Nacional Torres del Paine/Chile

Un paraíso, una promesa de la infancia

domingo, 19 de mayo de 2019 · 09:23

Pasaporte 

Nombre y apellido: Gerardo Agustín Peralta

Edad: 35 años

Profesión: ingeniero agrónomo / naturista

Lo que más me gustó: la esencia insuperable del lugar, la fuerza redentora de las montañas

Lo que menos me gustó: un poco la superpoblación de turistas y la necesidad de tener que reservar campings y refugios con incómoda anticipación

Contanos lo primero que te venga a la cabeza cuando evocas tu viaje al Parque Nacional Torres del Paine, uno de los sitios más emblemáticos de América y del mundo cuando se habla de montaña.

Satisfacción, emoción, éxtasis de los sentidos... es difícil materializarlo en palabras. Sobre todo, teniendo en cuenta de que para mí era un viaje que venía soñando desde mi más tierna y lúdica infancia.

-¿Tanto tiempo atrás hay que buscar la génesis de este periplo?

-Exactamente. Te comento: de niño iba a boyscout en la parroquia del barrio Beletti junto a mis dos grandes amigos, Gustavo Ferreyra y César Toderi. Por los particulares de la actividad, ya soñábamos con viajar a la montaña, y desde siempre imaginábamos poder conocer las Torres del Paine: Gustavo tenía una revista con fotos espectaculares del lugar, la veíamos cada día. Entre los tres nos habíamos prometido acudir... fue muy, muy fuerte poder arribar...

-¿Te emociona verdad?

-Y sí, es que no es para menos... llegar me remontó a la infancia, a esas tardes en el barrio que tanto amé. Fue una especie de viaje sideral en el tiempo. De alguna manera trascendió el mero hecho de estar y contemplar esa maravilla. Fue como que Gustavo y César hayan estado conmigo ahí. Perdón que me conmueva y me haya ido un poco por las ramas, pero creo que tiene que ver con que hace mucho tiempo que me fui de Villa María, y es como volver a través de estos recuerdos. Fue intensamente especial. Extraordinario, diría yo.

-Dicho esto, hablanos un poco del lugar en sí mismo. ¿Qué es el Parque?¿Qué hay ahí para ver?

-Es un lugar mágico, idílico. El sueño de algún hechicero de otras galaxias que tornó en terrenal, en palpable, en fáctico. Un paraíso de montañas, con el cerro Paine y sus cofrades de emblemas, y cantidad de lagos, glaciares, ríos, quebradas, valles. Un universo tan puro, tan virgen. Las postales que arrojan esos monumentales fragmentos de roca y abismos... me invade la nostalgia. Es como decían los antiguos etruscos: “In da prama”, que significa todo y nada, al mismo tiempo.

-Se nota que te pegó muy fuerte el lugar.

-Sí, encima justo me acordé de otro amigo de Villa María que es montañista. Se llama Federico, y hace poco fue a Bolivia, pero no pudo hacer el Illimani porque no le dieron los tiempos. Con él también me gustaría ir a Torres del Paine.

-Hagamos foco de vuelta en el Parque. Nos ibas a contar qué cosas había para hacer.

-En honor a la verdad, no me acuerdo bien de nombres y esas cosas. No soy muy bueno para cuestiones de rótulo. Sí te diré que el Parque se puede recorrer de múltiples formas: en paseos en barco por los lagos, a caballo, en kayak, y también se puede hacer pesca deportiva e incluso recorrer distintos puntos en auto o en bus. Simplemente caminé, contemplando el horizonte, conectándome con la naturaleza y mi interior. Hay un montón de caminatas para hacer, de dificultades empíricas. Lo que sí asalta mi mente súbitamente son dos nombres en particular: el Sendero W y el Circuito Macizo Paine. Ambas demandan varios días de caminata y rutilante aventura. La segunda que te nombraba, si no me falla el entendimiento, demandaba como ocho días de hazañas en torno a unos paisajes sencillamente mesiánicos. De esos que logran que te cobijen preguntas existenciales, debates  intrínsecos que se ven potenciados con un atardecer, la luz de la luna, el movimiento casi imperceptible pero poético de una estrella, el rostro equidistante de un animal...

-¿Hablando de eso, pudiste ver mucha fauna también?

-A decir verdad, estaba muy compenetrado con las figuras danzantes de la montaña, lo que puede sonar a paradoja teniendo en cuenta su quietud jurásica. De cualquier forma, sí tuve la suerte de tener encuentros con huemules, guanacos, zorros, y, desde la altura de su vuelo, con cóndores y águilas.

-¿Y la flora?

-Plantas y flores de todo tipo y por doquier. Hay que tener en cuenta que el Parque está envuelto en distintos ambientes, desde bosques magallánicos hasta sitios desérticos, pasando por la estepa patagónica. Una maravilla en cada uno de sus centímetros y silencios eternos.

-Lo malo, acaso, sea la cantidad de gente que invade los senderos.

-Sí, cierto es. Por ahí molesta bastante aquello, y es uno de los puntos cítricos del Parque. Pero bueno, es lógico también por la belleza sui generis y prístina del lugar. Se ve gente de todo el mundo. Y es que nadie quiere perderse semejante obra de la creación. Por mi parte, espero volver. Ojalá sea con Gustavo, César y Federico, a quienes desde ya aprovecho este espacio para enviarles un abrazo fraternal e inigualable.

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