Aves del Ctalamochita en nuestras plazas, patios...
El benteveo, el vecino que vemos cada día
Es mucho más que un pájaro conocido: es una especie inteligente, adaptada a la ciudad y clave para el equilibrio natural, que vale la pena volver a mirar y escuchar hoy mismoEscribe: Beto Arce Especial para elDiario
Ahí anda un pájaro al que durante años llamamos “bicho feo”, aunque de feo no tenga nada. Pitogüé, Benteveo, Bichofué, Quetupí, Cristofué: una colección de nombres que fue sumando a lo largo de su historia en América. No es casual. Su voz -porque cuesta llamarle canto- tiene tanta personalidad que terminó dándole identidad. Son nombres onomatopéyicos: intentos humanos de copiar lo que el ave dice. Incluso en inglés ocurre lo mismo. En Estados Unidos lo llaman kiskadee; otra vez, el sonido convertido en nombre.
El benteveo no es raro ni esquivo. Todo lo contrario. Si lo fuera, sería una joya natural. Pero tenemos la suerte de verlo con frecuencia, casi todos los días, sin importar la estación. En Villa María, Villa Nueva y toda esta región forma parte del paisaje desde siempre. Está en la ribera, en los árboles del barrio, en los cables, en algún cordón de la vereda, en las plazas, en los patios. Baja, observa, vuelve a subir. Está ahí, esperando que alguien le preste un poco de atención.
Tal vez por esa presencia constante a veces lo naturalizamos demasiado. Lo vemos tanto que dejamos de mirarlo. Y sin embargo, basta detenerse un momento para descubrir un ave fascinante, inteligente, inquieta y con un rol clave en el ecosistema.
El benteveo es fácil de reconocer, incluso para quien no sabe de aves. Su pecho amarillo intenso lo delata a la distancia. Algunos lo llaman justamente así: “pecho amarillo”. Su cabeza marcada, su antifaz oscuro y esa actitud alerta permanente lo convierten en un personaje. Nunca pasa desapercibido cuando se lo observa con atención.
También su nido es inconfundible. Es como una especie de pelota un poco desprolija, hecha con ramas, fibras y todo lo que encuentre a mano, con una ventanita superior por donde asoman los pichones. Cada vez que uno encuentra un nido activo y se queda mirando un rato, es un espectáculo garantizado. El ir y venir de los adultos trayendo presas para las crías es una clase magistral de esfuerzo, estrategia y constancia.
“Aprendió a leer la ciudad”
Como bien señala el biólogo y fotógrafo Aníbal Fernando Parera, quien desde hace años divulga y pone en valor nuestras aves nativas, el benteveo es una de esas especies que supo adaptarse a convivir con nosotros sin perder su esencia salvaje. No es un ave domesticada, pero aprendió a leer la ciudad, a usar sus espacios y a aprovechar oportunidades.
Pertenece a la familia de los tiránidos, aves de carácter fuerte. Y el benteveo hace honor a ese linaje. Es territorial, decidido y no se achica ante nada. Tiene un pico poderoso, con un pequeño ganchito en la punta, y una notable destreza para capturar insectos, arañas, escorpiones e incluso pequeñas lagartijas. Mirarlo cazar es entender que estamos frente a un animal despierto, curioso y extremadamente eficiente.
Sin embargo, ni su inteligencia ni su temperamento lo salvan de una de las trampas más conocidas del mundo de las aves: el parasitismo del tordo. Muchas veces, este oportunista pone su huevo en el nido del benteveo y desaparece. El resultado es conocido: los benteveos terminan criando el pichón ajeno como propio. Y no cualquier pichón. Suele ser el primero en salir del nido, el más grande y el más insistente a la hora de pedir comida.
Aun así, el benteveo sigue adelante. Cría, defiende, alimenta y vuelve a empezar.
A lo largo del tiempo, como suele pasar con muchas especies, cargó con mitos injustos. Algunos dicen que es un ave de mal agüero. Cuesta encontrar fundamento para esa idea. Todo lo contrario: su presencia es señal de vida, de equilibrio, de un entorno que todavía sostiene biodiversidad.
Además, cumple una función silenciosa, pero fundamental: controla poblaciones de insectos y otros bichos que, de no estar él, terminarían mucho más cerca de nuestras casas. En ese sentido, el benteveo no solo alegra el paisaje sonoro, también nos da una mano.
Traer al benteveo al centro de la escena, como propone Parera y como invitan estas líneas, no es forzar nada. Es simplemente volver a mirar. Reconocer que en nuestras ciudades, en Villa María y Villa Nueva, convivimos con una riqueza natural enorme, a veces tan cercana que se nos vuelve invisible.
Es una alegría cada vez que anda cerca. En una plaza, en el río, en un árbol del barrio, o en casa... El benteveo no es solo un pájaro más. Es un vecino antiguo, ruidoso, trabajador y vital. De esos que siempre estuvieron y que vale la pena volver a escuchar, hoy mismo, si es posible.
