OPINIÓN
De Malvinas a Venezuela, un mismo modus operandi
Escribe: Walter Onorato
Estados Unidos volvió a mostrarse tal como es. La imagen difundida por Donald Trump celebrando la acción militar contra Venezuela no inaugura nada nuevo: actualiza un libreto viejo, brutal y repetido durante más de dos siglos en América Latina.
Cambian los barcos, cambian las excusas, cambian las tecnologías.
El método es siempre el mismo.
En 1831, cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata ejercían soberanía efectiva sobre las Islas Malvinas, Estados Unidos decidió que esa soberanía era molesta. No porque Argentina fuera una amenaza, sino porque regulaba el comercio y afectaba intereses privados norteamericanos. La respuesta no fue diplomática ni jurídica: fue militar.
La fragata USS Lexington bombardeó Puerto Soledad, destruyó el asentamiento argentino y arrestó a las autoridades locales. El gobernador designado, Luis Vernet, no fue derrotado en una guerra ni removido por un tratado: su autoridad fue directamente arrasada por la fuerza. Sus representantes fueron detenidos, embarcados y abandonados en Montevideo, sin juicio ni declaración formal de conflicto. Después de los cañones, vino la mentira jurídica: Washington declaró a las islas “territorio sin soberanía”.
No hubo guerra. Hubo castigo.
No hubo derecho. Hubo poder.
Casi 200 años después...
Hoy, casi doscientos años después, el escenario es Venezuela. Ya no se habla de pesca ilegal, sino de “narcotráfico”, “seguridad hemisférica” o “restaurar el orden”.
Da igual la excusa: el objetivo es el mismo. Estados Unidos no necesita ocupar, le alcanza con demostrar que puede golpear cuando quiera, disciplinar y advertir al resto.
Antes se llamaba diplomacia de cañoneras.
Hoy se llama operación, mensaje o prevención.
Nada de esto sería posible sin un detalle que se repite siempre: el imperio nunca actúa solo. Siempre hay minorías locales dispuestas a justificar la agresión externa en nombre de la libertad, el orden o el odio al adversario interno.
Nada de esto es nuevo.
Lo nuevo es la desvergüenza.
De Malvinas a Venezuela, el mensaje es idéntico:
si no te alineás, te castigamos.
El problema nunca fue la democracia.
Nunca fue la libertad.
Nunca fue el narcotráfico.
El problema, ayer como hoy, es la soberanía.
