BALLESTEROS - También oficiaba en Ballesteros Sud y en Alto Alegre

Falleció el padre Miguel Angel Crippa

Había nacido hace 66 años en Río Tercero. También tenía arraigo en Las Perdices, donde despuntaba su pasión por la radio
miércoles, 9 de junio de 2021 · 07:00

El sacerdote Miguel Angel Crippa falleció ayer a los 66 años, según se informó oficialmente en la mañana de ayer desde el Obispado de Villa María.

Crippa, quien sufrió un infarto, tenía 66 años y era oriundo de Río Tercero.

Se había ordenado en diciembre de 1987 y estaba a cargo de la Iglesia de San José, en Ballesteros, pero también oficiaba y atendía a la feligresía en Alto Alegre, en este caso en la Parroquia Virgen del Rosario.

El sacerdote era una persona sencilla, valorada por los fieles que en Ballesteros, por ejemplo, lo acompañaron en su campaña para la reconstrucción de parte del templo, la restauración de otra parte y la refundación de cimientos, ya que la estructura había comenzado a ceder.

 

Tres días de duelo

En esta localidad, el Ejecutivo emitió un decreto en el que se puede leer: “Visto el deceso del cura párroco de nuestra localidad, Miguel Angel Crippa, y considerando que desarrolló y prestó sus servivios religiosos por más de 25 años en nuestra localidad y en la zona, que esa extensa trayectoria lo hace merecedor del homenaje de toda nuestra localidad... se declara duelo municipal para los días 8, 9 y 10 y que se enarbolen a media asta todas las banderas de nuestra localidad en señal de luto”. El decreto lleva la firma del intendente Orlando Brusa y del secretario de Gobierno Emiliano Almada.

En Ballesteros Sud, la intendenta Carolina Jara también decretó tres días de duelo a raíz del fallecimiento del cura, lo que denota el respeto hacia de la grey católica y del pueblo en general hacia su persona.

Y fueron familiares y los propios vecinos los que notaron su ausencia y dieron parte a la Policía cuando no respondió a sus llamados.

En el comunicado emitido desde la sede de la Diócesis que conduce monseñor Samuel Jofré Giraudo se expresó: “Con pesar, informamos a la comunidad diocesana el fallecimiento del padre Crippa”.

Y se agregó “te agradecemos por tu abnegada entrega al servicio de Dios y de la Iglesia. Rezamos por el eterno descanso de su alma".

En Las Perdices donde residió por algún tiempo luego de Río Tercero, tenía un programa de radio (su otra pasión) en Mediterránea, en el 105.3 del dial.

El médico que acudió al lugar constató el fallecimiento y certificó que fue por un infarto.        

 

“Que tengas un buen viaje, Miguel...”

La primera vez que hablamos en serio con el padre Miguel Angel Crippa fue cuando aparecí en su casa un lunes a la mañana. Me acuerdo que me había pasado todo el domingo pensando en algo que solamente él me podía responder, y ya no podía más. Toqué el timbre y me atendió asomando la cabeza por la puerta y cuando vio que saqué la mano del bolsillo mostrando el paquete de Benson, me dejó pasar. “Vení, pasá”, me dijo en voz baja, como si ya adivinara el motivo de la visita. Yo había ido sin previo aviso, como miles de otras veces habíamos ido con mis amigos, cuando terminábamos el doble turno del laboratorio en la escuela secundaria de Ballesteros. En 2001 no había banda ancha ni Internet y hablar con el cura del pueblo en su casa era o nos parecía lo más osado que podíamos hacer como adolescentes. Pero ese día fui a su casa de imprevisto porque mi deseo era entrar en el seminario. Para ser cura. En otras palabras, ser como él. “Qué se necesita, Miguel”, le pregunté.

Miguel Crippa tenía un gimnasio en el garaje, usaba un Volkswagen escarabajo para viajar todos los miércoles de Ballesteros a Las Perdices porque ahí tenía su programa de radio. Tenía un montón de pesas y una bolsa de boxeo colgada. Tenía auriculares inalámbricos antes de que existiera el Bluetooth. Era un ídolo. Y además, fumaba, y contaba chistes, y nos reíamos, con él y de él. Casi siempre usábamos el recurso de mencionar la joroba que se le había formado con los años que hacía que estaba en el pueblo.

Ese lunes que fui a su casa, la charla fue sobre lo que yo quería y las posibilidades que había de cumplir eso que quería: es decir, fue breve. Me explicó que capaz no era algo que a la larga me conviniera, que seguramente no me encontraría, dentro de los estamentos de la Iglesia, con el ideal que yo buscaba. Todo esto lo dijo en la cocina, mientras tomaba mate. Y desde ahí alternamos nuestras charlas, entre serias y en joda. 

Las otras veces que hablé con él, el tema surgía pero siempre como algo cómico. “Te acordarás cuando querías ser cura?” Me decía, riéndose. Yo salía de trabajar de la fábrica de cadenas que estaba a la vuelta de su casa y, por lo menos dos veces por semana, frenaba con la bicicleta y nos quedábamos charlando hasta la hora de la misa. Horas. A medida que fui creciendo, las charlas fueron tomando una dimensión más profunda o polémica. Por supuesto que discutimos sobre el poder de Dios, la Iglesia, la corrupción, etcétera, temas comunes. Me acuerdo que le llevaba libros de cuentos en los que yo guardaba con miedo mis argumentos y él se amparaba en la fe que la Humanidad necesitaba, independientemente de cualquier religión, para salir adelante. Un día llevé el Decamerón, de Boccaccio, una traducción malísima del italiano. Se lo presté. Cuando me lo devolvió me dijo algo así como que había sido una lectura muy entretenida y graciosa.

El padre Miguel había sido ingeniero civil, se había ido de la casa de sus padres para meterse en el seminario para luego ser cura de un pueblito de no más de cinco mil personas hasta el día de su muerte. Cada vez que podía me decía que la torre de la iglesia de Ballesteros se estaba hundiendo por una de las esquinas y eso hacía que se inclinara, como la Torre de Pisa. Todos los que lo conocieron pudieron llevarse una parte de su personalidad histriónica y excéntrica.

La semana pasada, mientras les leía a los alumnos una jornada del Decamerón, de Giovanni Boccaccio, me acordé de él. Así, de golpe. Terminé de dar la clase y le escribí. Cómo estaba. Qué hacía. Por dónde andaba. Si se estaba cuidando. Me respondió ahí nomás, con un mensaje de voz muy largo. Me reconfortó saber lo bien que estaba su ánimo y su salud. Quedamos en encontrarnos cuando se levantaran las restricciones al mismo tiempo en Córdoba que en Buenos Aires, que hasta el momento parece algo por demás utópico.

El padre Crippa se había hecho amigo de casi todos en el pueblo. Son esas personas que cuando no están se nota mucho.

Que tengas un buen viaje, Miguel, y que encuentres la paz, donde sea que vayas.

 

Juan Manuel Ontivero, docente, en Facebook

 

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