La solidaridad a través del tiempo

Bajo el paraguas de los siete colores

sábado, 6 de julio de 2019 · 14:48

Antes que la palabra está la acción. La palabra nace para nombrar la acción. Primero, el hombre (acaso desde que es hombre y vive en comunidad, en clan, en tribu, en familia) sumó voluntades, destrezas, saberes, capacidades, para lograr un objetivo común: por caso, la supervivencia misma. Es decir, instintivamente, cooperó ante el desafío de mantenerse vivito y coleando sobre la faz de la Tierra. Más tarde, necesitó poner en palabras su gesto colectivo de ayuda mutua, necesitó darle un nombre a esa acción, y la llamó “cooperar”. En distintos idiomas, con diferentes grafías, en diversos puntos del planeta y a través de la historia, la misma acción social, comunitaria y solidaria:  cooperar; cooperate; kooprieren; cотрудничать; 協力する; Aynly; ñepytyvõ.

“El cooperativismo es el paraguas que nos protege a todos”, definió con claridad meridiana hace apenas unos días Roberto, uno de los chicos que acuden a la copa de leche Un Rayito de Esperanza”, de barrio Las Playas. 

Diferentes textos de Historia dan por hecho que en 1923, el Comité Ejecutivo de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), que se había comenzado a gestar allá por 1844, una de las épocas más violentas del capitalismo industrial, llamada la “Década del hambre”, recomendó conmemorar un día internacional de las cooperativas. El 1992 la Asamblea General de la ONU (Naciones Unidas) proclamó la necesidad de realizar un “Día Internacional de las Cooperativas” a partir de julio de 1995, en conmemoración al centenario de la creación oficial, digamos, de la ACI, entidad que nuclea a más de 760 millones de miembros en 100 países alrededor del mundo: un reconocimiento de que el movimiento cooperativo es un factor relevante y significativo en lo que a desarrollo económico y social se refiere en todo el globo.

 

Una forma de vida

El cooperativismo es una ideología, una forma de vida, no una manera de obtener ganancias especulativamente, y esta es la diferencia fundamental con otro tipo de sociedades económicas. ¿Sus principios?: la adhesión voluntaria y abierta, la gestión democrática, la participación económica de los socios, la autonomía e independencia, la educación, la formación, la información, la cooperación inter-cooperativas y el interés por la comunidad en general.

“La cooperativa nos permite a los jóvenes iniciarnos en la ayuda mutua, pensando en el otro y sus necesidades, a través del trabajo en conjunto y el esfuerzo, mediante acciones pequeñas y concretas. Producir un cambio en la sociedad, provocar una sonrisa y contagiar para que otros se incentiven y así lograr una sociedad con mayor equidad”, suma, Virginia, estudiante del Colegio Manuel Belgrano de esta ciudad, donde los textos mencionados y la práctica en el terreno mismo han echado raíces. Pues  es necesario educar en la cooperación, sembrar la solidaridad y regar y cuidar los brotes para que madure el fruto de la  fraternidad,

La educación pública tiene un papel fundamental en esta labor de transmitir esos valores, reflexionar sobre ellos, repensarlos, reformularlos y practicarlos aún en aquello gestos que puedan ser considerados pequeños, cotidianos, modestos. Porque en ellos está la savia que transporta el ideal. La educación pública coopera manteniendo viva la simiente.

Volvemos a los libros. Dicen ellos que en 1844, en el poblado de Rochdale, Inglaterra, veintisiete  hombres y una mujer, conformaron la primera Cooperativa de Consumo. Sin embargo, no fue hasta un año después, durante el cual ahorraron cuatro centavos semanales para un gran total de una libra esterlina cada uno, que lograron constituir su capital.

Asimismo, en Alemania, Hermann Schultze, promediando también el siglo XIX, movido por su teoría consistente en agrupar a muchas fuerzas pequeñas para poder enfrentar a la gran industria, creó numerosas cooperativas de crédito para pequeños comerciantes. A él se le atribuye la paternidad de la creación de las cajas de ahorro que se distribuyeron por todo el mundo.

En tanto, por la misma época, el alcalde Friedrich Wilhelm Raiffeeisen, en la búsqueda de salvar a su pueblo del hambre ocasionado por las malas cosechas, y el embargo por parte de los usureros de las pequeñas parcelas de tierra árida y los pocos animales, concluyó que la única salida era que la gente se ayudara mutuamente. Creó la primera cooperativa de crédito.

Afirman también que fue Robert Owen, en Inglaterra, alrededor de 1850; el primero en utilizar el término “cooperación”. Owen mejoró las condiciones de vida de sus propios obreros, redujo horarios de trabajo, logró el dictado de una legislación que limitaba la jornada laboral de mujeres y niños y fundó colonias comunitarias, basadas en la propiedad colectiva, donde la producción y el consumo se harían en común. Owen juzgaba necesario remplazar la competencia entre los hombres por la cooperación.

Siempre, sobre todo en épocas de crisis, aparecen en escena la solidaridad y el ingenio popular para hacerle frente a la situación. Y de ese matrimonio nacen nuevos formatos que incluyen, integran, reúnen y dan vida a nuevas propuestas.

Podemos pensar en el patchwork como un ejemplo gráfico de esa idea. El patchwork nació, se desarrolló  y fue empleado por las mujeres durante siglos en el norte de Africa, Turkestán, Persia, Siria, India y China, pero hasta el siglo XI no llegó a Europa. Luego lo adoptaron las mujeres norteamericanas en la época de la Gran Depresión, cuando se impuso, por imperio de la crisis, remendar las ropas gastadas o rotas con  parches (patches en inglés),  reciclando géneros, pues no había dinero para prendas nuevas.

Unir pedazos diferentes, colores diversos, formas distintas, y darles a todas el mismo valor dentro de la gran manta. Integración y respeto. Así se elabora la manta del cooperativismo que abriga a todos por igual.

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