Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas - La historia de Walter Balsells contada por su compañera Silvina Cáceres

Besos y cenizas a orillas del río

Se conocieron en Ballesteros Sud y se instalaron luego en Villa Nueva. Él pudo volver a las islas y falleció en 2014. Ella lo recuerda con un relato emocionante

En la casa de Silvina Cáceres, en Villa Nueva, ninguna placa indica que “acá vive un héroe de Malvinas”. No solo porque Walter Balsells falleció hace doce años ya, sino porque, en cierta forma, nunca terminó de ser de ninguna parte. Ni del Ballesteros Sur de sus padres, ni del Morón donde vivió e hizo la carrera militar, ni del Comodoro Rivadavia donde intentó rehacer su vida, ni del Ballesteros Norte al que volvió tiempo después y que (según Silvina) “adoraba”. Pero en la voz de su esposa, el eslogan de la placa se vuelve declaración de orgullo; certeza absoluta de que “acá vive y sigue viviendo Walter Balsells”, mal que le pese a la muerte.

Y acaso la mejor bienvenida sea el teléfono negro que preside el living (ese que Walter armó tras la guerra, a imagen y semejanza del que usaba en Malvinas) y su saco de campaña militar, que fue en sus hombros hasta encontrar su residencia final.

 

Amor a tercera vista

“¿Cómo lo conocí a Walter? ¡Él me dijo que me vio por primera vez en un asalto en la casa de mis padres que hicieron mis hermanos! -dice Silvina entre risas- Solo que, por ese entonces, él tenía quince años y yo diez… El segundo encuentro fue mucho tiempo después, en el pueblo también. Él venía caminando y yo sentí algo en el pecho; algo que no te puedo explicar porque no lo volví a sentir jamás… Pero recién hablamos en un baile de Ballesteros Sud… Fue en el año ´96 y gracias a unos amigos… Yo tenía 30 años, y él, 35… Yo me había recibido de arquitecta en Córdoba y me volví al pueblo pensando “no quiero saber más nada con los hombres”. Y él me dijo que se había vuelto de Buenos Aires pensando exactamente lo mismo, pero de las mujeres… (risas) Desde ese día a orillas del río no nos volvimos a separar…”

-¿Sabías que Walter había estado en Malvinas?

-Sí y no… Yo tenía una amiga que de chica me decía “me escribió de Malvinas mi primo Walter”… ¿Qué me iba a imaginar que un día sería mi marido? Pero él no me contaba nada. Hasta que un día, un taxista en Córdoba me habló de los veteranos que estaban cobrando una pensión. Y como Walter no cobraba nada, le pregunté: “¿Pero vos estuviste en Malvinas o no?” Y él me dijo: “Silvi, me ofendés al preguntarme eso…” Le dije: “Te lo pregunto porque vos no cobrás la pensión ¿Por qué no la tramitas?” Y entonces se le llenaron los ojos de lágrimas. Me dijo: “¿Pero cómo voy a cobrar si perdimos?” Tiempo después se encontró con un amigo con el que estuvo allá, Luis, y él lo animó a que hiciera el trámite.

 

Confesiones de un soldado

- ¿Cuándo te habló por primera vez de la guerra?

-Fue en lo de mis padres, en una reunión con los hermanos Aseff, en Ballesteros. No sé cómo salió el tema, pero Walter tenía unos vinos de más y le empezó a contar. Y yo no podía creer que hubiera vivido todo eso… Por ese entonces, yo daba clases en el secundario para adultos. Y el 2 de abril le pedí que hablara con los alumnos. Antes habíamos ido al acto del secundario, donde había dos veteranos de Bell Ville. Y cuando se saludaron, uno le preguntó si había estado en las islas y él le había dicho que sí, que en la parte de telecomunicaciones de Puerto Argentino. “¿Así que vos eras el que hacía el tendido de cables en la isla?” Y Walter le dijo que sí, que uno de esos era él... Ese día, en la charla de la escuela, terminamos llorando todos, pero él se la aguantó… Se le habían puesto los ojos rojos, pero contó su historia hasta el final… Fue la primera vez que habló en público y siempre se lo agradecí a los estudiantes de Ballesteros.

- ¿Y cómo era esa historia?

-Muy simple y muy dolorosa… De chicos, él y su hermano Fabio quedaron huérfanos y los separaron. Fabio se quedó en el pueblo y Walter se fue de una tía a Buenos Aires. Allá se anotó solo en la Sargento Cabral (Escuela de Suboficiales del Ejército), donde años después fue cabo. Cuando empieza la contienda, a él lo derivan a la Ca Com 9 (Compañía de Comunicaciones Mecanizada 9) de Comodoro Rivadavia…

-Y de ahí, a las islas…

-Sí… Siempre me contó que allá lo hicieron cargo del Unimog, que era el camioncito de telecomunicaciones… “Me hicieron firmar un contrato por dos millones de dólares por si se rompía algo…”, decía siempre y se reía de eso. También que tenía a cargo un soldado, pero que de noche no lo mandaba nunca, que salía él solo…

-¿Qué más te contó?

-Me dijo que lo que más le dolió de la guerra fue cuando arriaron nuestra bandera e izaron la de Inglaterra… Y que los ingleses se sintieron muy mal cuando los vieron a todos vulnerables y sin cascos… “Ahí se dieron cuenta de que habían estado luchando contra unos chicos; porque ellos tenían más de 30 años todos”, me decía. La otra cosa que le dolió, me dijo, fue que casi todos los jefes militares se fueron y los dejaron solos. Cómo será que él, que era un simple cabo, era uno de los que tenía mayor rango… Y que se sintió muy mal por tener ropa y entrenamiento adecuado, mientras que los demás chicos, no.

 

Una casa en el mundo

-¿Recordás si siguió conectado con la causa?

-Siempre… Cómo será que viajó a Malvinas con varios compañeros mucho tiempo después… Estuvo en el cementerio de Darwin… Además, leía de historia todo el tiempo y era muy nacionalista. Una vez le sugerí que nos fuéramos a vivir a Italia, por unos amigos que teníamos allá. Y él me dijo “Silvi, me vas a tener que entender, pero yo no me puedo ir de la Argentina…” Le dije: “Está bien, no se habla más… Nos quedamos acá…”

-¿Por qué en Villa Nueva?

-Terminamos acá porque yo estaba dando clases en la Escuela del Trabajo y nos queríamos ir de Ballesteros, donde estuve trabajando un tiempo. Cuando vimos que se vendía esta casa, encontramos nuestro lugar en el mundo. En el pueblo nació nuestra hija mayor, Zoe; y acá, la menor, Abril… Yo nací en Ballesteros, pero nunca me sentí de ahí. Y creo que a Walter le pasó lo mismo, que no se sentía de ninguna parte. Pero creo que nuestro lugar fue y sigue siendo esta casa... Cuando Walter se fue, me costó mucho volver a sentirla mía. Por suerte, con las chicas, ahora ya lo reconstruimos de nuevo.

Y entonces, Silvina cuenta entre lágrimas la muerte de su esposo, el diagnóstico de un cáncer fulminante y la intervención de un médico y amigo (Oscar “Cachi” Bauk), que fue un grandísimo apoyo.

“Creo que su modo de tragarse todo fue lo que lo llevó al cáncer… Y también su empeño en demostrar a todos que no estaba loco… Porque con la política de desmalvinización de los 80 y los 90, él quería tener trabajo y hacer una vida normal… Eso también lo desgastó…”

Silvina hace una pausa y recuerda, entonces, los días postreros.

“La última vez que estuvo en casa, antes de internarse, saludó a sus hijas… Y cuando estaba en el hospital, agonizando, me dijo ‘qué mujeres más hermosas y buenas que tenemos, Silvi’.  Yo le dije ‘pero si son unas nenas, Walter’. ‘No, son mujeres; son unas maravillosas mujeres’. Con el tiempo entendí que, desde su estado, él estaba pudiendo ver lo que iba a venir… Y no se equivocó… Te juro que no se equivocó… Falleció el 17 de marzo de 2014, viendo un partido de fútbol, porque era fanático de San Lorenzo… Su última voluntad fue que lo cremaran y esparcieran sus cenizas en el río de Ballesteros Sud; justo ahí donde nos conocimos…”

Silvina se quiebra y me doy cuenta de que la nota se termina. Entonces le pedimos una foto y ella posa con aquella bolsa de campaña de Walter, ese caparazón en donde llevó su casa a cuestas hasta encontrar la definitiva en Villa Nueva; esa que no tiene placa de excombatiente, pero tampoco de cementerio, porque en ella viven tres “mujeres maravillosas” y no hay lugar para la muerte.

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