DÍA DEL VETERANO Y DE LOS CAÍDOS EN LA GUERRA DE MALVINAS - Otro héroe de Ballesteros Sud que llegó desde Buenos Aires
Manuel Oscar Inga, el soldado de la casa a medio levantar
De poco hablar, el excombatiente que fue comandado por Seineldín es clase 63. Vive junto a su compañera, Alicia, quien lo reta por no tomar la pastilla. De una visita a su vivienda surge una nueva historia necesariaAl fondo de la calle Antonio Sánchez y en una casita de ladrillos y barro pasa sus días y sus noches Manuel Oscar Inga. De no ser por la placa que reza “Aquí vive un héroe de Malvinas”, la vivienda podría pasar por una de las tantas que, en la periferia de Ballesteros Sud, habita la gente que ya casi es del campo. Sin embargo, y como una rara paradoja, en el patio de atrás se levanta una segunda casa que no se terminó nunca, como si el viejo impulso inicial hubiese expirado al medio metro de pared.
Cuando golpeo las manos sale una mujer que, al verme, llama a su marido. “Me parece que te buscan”, dice ella hacia la casa. Y entonces veo a Inga, pequeño y delgado, saliendo al patio de tierra. Nos damos la mano, tranquera de por medio. Hay amabilidad y, a la vez, distancia en sus gestos, una quieta confianza mezclada a un viejo recelo.
“Me dijeron que ibas a pasar por acá”, me dice, a modo de bienvenida, con una voz como salida de un pozo. Y me doy cuenta de que deberé acostumbrarme a su laconismo. Le digo que quería charlar con él sobre Malvinas y me dice que no hay problemas. Pero como veo que la charla será ahí, de pie y acaso fugaz, prendo mi grabador. Horas después, muy lentamente, voy uniendo sus frases sueltas.
“Soy soldado conscripto clase 63… Con otros muchachos fuimos a revisación a Holmberg y después a Bahía Blanca. De ahí nos trasladaron en avión a Comodoro Rivadavia y luego al Regimiento de Infantería 25 de Sarmiento, donde nos dieron instrucción. Llegamos a Malvinas el 2 de abril en avión, junto al Regimiento 8, ambos comandados por Seineldín. En ese momento, los Infantes de Marina ya habían recuperado las islas”, cuenta.
“De la guerra no me olvidé, pero nadie te preguntaba; quizás para no hacerlo sentir mal a uno”.
“Cuando desembarcamos, se tomó posición y nos llegó la orden de no dispararle a nadie. Luego se hizo una caminata al centro de la ciudad para encontrar refugio. Se encontró un hospital y ahí dormíamos y comíamos. Trabajábamos en las islas y de ahí nos llevaban a las trincheras. Estuve en Malvinas hasta el 25 de mayo. Ese día hubo un bombardeo fuerte con 25 heridos, pero a mí me trasladaron al hospital de Comodoro Rivadavia, no por heridas de combate, sino por pie de trinchera. Cuando terminó la guerra, yo estaba en la base de Sarmiento. A la baja me la dieron recién en agosto y de ahí me fui a Buenos Aires, donde estaba viviendo”.
-¿Cómo fue el día después de la guerra?
-Yo seguí trabajando en Buenos Aires, haciendo changas de pintura y albañilería, como siempre… De la guerra no me olvidé, pero nadie te preguntaba; quizás para no hacerlo sentir mal a uno… Después nos vinimos con ella al pueblo –dice Inga, mirando a su mujer– y cuando a uno lo empezaron a convocar para la escuela, los chicos empezaron a preguntar de todo…
-¿Qué te preguntaban los chicos?
-Si había visto muchos muertos o si había matado a alguien… –Inga sonríe por única vez en la entrevista–. Pero les dije que no, porque yo estaba en la retaguardia. No he visto muertos, pero sí he visto heridos. Muchos… Sobre todo en Campo de Mayo, donde ayudé en el hospital militar.
Cuando le pregunto si aún se junta con los otros veteranos de Ballesteros Sud o de la zona, Inga me dice que no, pero su esposa Alicia me completa su respuesta.
“La verdad es que no se junta con casi nadie… Antes, el que sabía venir a verlo era ‘Pimpín’ (Armando Alfonso Urán), que lamentablemente falleció hace poco… Pimpín estaba medio chapita, igual que él”, dice la mujer, señalando a su marido.
-“Ahí sonamos…” –me dice Inga.
“Me trasladaron al hospital de Comodoro Rivadavia, no por heridas de combate, sino por pie de trinchera”.
-Es la verdad –completa ella–. Él no ha quedado bien y es entendible… Cuando nos conocimos, después de la guerra, le pedí que fuera a la psicóloga y al psiquiatra. Lo hinché tanto, que al final terminó yendo… Pero le dieron unos medicamentos que tomó una sola vez y los tiró… Y miralo cómo está ahora, cada vez más flaco. Come poco y toma mate todo el día… Se pasa horas en el baño y casi no habla.
Inga me mira pidiendo comprensión masculina y, con la mirada, le juro que la tengo.
-Nos vinimos a Ballesteros Sud en el ´90 –continúa Alicia–. La casa de él estaba al frente, pero se vendió. Y entonces compramos esta otra. Hace mucho, él había empezado a levantar esa otra que ves ahí atrás, porque es muy prolijo y sabe de todo con la albañilería. Pero la dejó a la mitad y no la retomó nunca… Hace rato que la tendría que haber terminado y nosotros nos tendríamos que haber mudado ahí… Por suerte, los hijos ya se fueron; los míos y el de él. Pero siempre pueden volver, y estaría bueno que tuvieran un techo seguro, por si necesitan quedarse.
Alicia es puro sentido común y Manuel, puro silencio. Y entonces, tras agradecerle a los dos, les pido una foto. Me dicen que no hay problemas. Me hacen pasar al patio de tierra y los retrato con el fondo de la tapera blanqueada a la cal, mientras que atrás puede verse la otra, la casa de ladrillos que quedó a medio levantar, parecida a una trinchera, o acaso al alma y la memoria del propio Inga.
Tal vez, me digo, Manuel prefiera vivir así, sin reconstruir aquella casa ni aquel mayo del 82 donde escuchaba gritar a los heridos. Tal vez, me digo, Manuel elija vivir en una casa más pobre al lado de su mujer y dejar para siempre sin techo al dolor, a ese viejo compañero con el que ya no habitará jamás en la tierra.
I.W.
