Macondo en Villa Maria

domingo, 27 de septiembre de 2020 · 13:00

Por El hijo del Gato

 

Yo era chico y transitaba los primeros años de la escuela primaria. El centro de la ciudad se repartía en algunas pocas cuadras y la segunda calle de la San Martín parecía tener un embrujo especial para mi mirada infantil.

Recuerdo casi de memoria los locales. A la izquierda, el Banco Córdoba en la esquina; a unos pasos de ahí, la sede del Club San Martín, que luego se mudó a barrio Las Acacias; después la tienda Beige, luego la casa de electricidad Tauler (la misma que acompaña desde siempre las orejitas de la tapa en El Diario), una zapatería (en donde mi mamá solía encontrar siempre la oferta que buscaba), una casa de venta de lanas (alguien me cuenta que el hijo del dueño estaba detenido en Rawson, el mismo día de la famosa fuga de 1972); y en la otra esquina, la famosa tienda Hidalgo Solá, que compartía el doble apellido con el político radical que la dictadura hizo desaparecer.

En la vereda de enfrente, a la derecha, estaba la Pizzería Antón, un quiosco de golosina, una sedería, una relojería, el hotel, la casa que vendía zapatillas y en la otra esquina la farmacia. En esa misma vereda, justo a mitad de esa cuadra estaba aquella librería con nombre de ciudad fantástica: Macondo, aunque su nombre comercial era en realidad Librería Macondo Foto Sur.

Aquella librería era un territorio que uno disfrutaba recorrer, y vaya que le hacía honor a su nombre. 

La puerta francesa doble (de esas con vidrios en la parte interior y marco enchapado) era la entrada a un mundo único; el portal de ingreso a un espacio maravilloso, con un mural con el retrato de Cortázar. Su piso era de madera, que parecía crujir a cada paso, y en el centro tenía sillas de material con almohadones, que invitaban a relajarse y elegir el mejor título para comprar.  

Su dueño era simplemente el Pepe (un conocido de la familia) casi siempre llevaba una camisa clara, con el último botón desprendido. Sentado en su silla, con sus piernas flacas cruzadas, parecía seguirte con su mirada cuando ingresabas; al tiempo que se incorporaba extendiendo su brazo para el apretón de manos, mostrando su sonrisa y lanzando un afable saludo.

Macondo era un lugar fantástico, que incitaba a un paseo ocular por sus estanterías repletas de libros, acomodados con una simetría casi perfecta. El olor de los libros impregnado en su cálida atmósfera, embrujaban los sentidos. A un costado estaba la escalera, que llevaba a un entrepiso donde las estanterías y los libros se multiplicaban.

En Macondo uno podía encontrar los clásicos de tapas duras, los best seller de siempre, otros tantos de filosofía y pensamiento político progresista, y también algún libro infantil que atrapaba, especialmente, mi mirada de niño. Había uno que me llamaba la atención, tenía tapa amarilla y un burrito dibujado que le daba origen a su nombre. Cuando me lo compraron me atrapó a la lectura desde su primera línea. Recuerdo que en su primer párrafo decía: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”.

Pocos saben, creo, que Macondo también era un lugar de resistencia. Las sombras de la dictadura genocida se acercaban más rápido de lo que uno imaginaba y aquel entrepiso era un espacio de charlas y debates donde un grupo de militantes (la mayoría del ala progresista del pensamiento), se reunían para analizar el momento.

Ahí se encontraban el Eduardito, el Mono, Caspita, el flaco Livio (uno que era fotógrafo), el Gato, el Gallego, el Zurdo, el Gordo… y varios más.

Cuando la dictadura llegó Macondo no pudo soportarla. Sufrió varios allanamientos antes de cerrar sus puestas, definitivamente, ante tanta persecución. Su transgresión era vender libros, algo que era considerado peligroso para los del uniforme verde. 

Aquel libro “Platero y yo” todavía tiene un lugar en mi biblioteca, al lado de varios de García Márquez, entre ellos “Cien años de Soledad”, que describe aquel pueblo de fantasía.

Hoy, en el mismo local de la calle San Martín hay una tienda de ropa, y cada vez que paso al frente recuerdo, todavía, el olor de aquellos libros de Macondo. La memoria persiste en repetirme una duda que aún mantengo: ¿sabría Gabo que su novela inmortal inspiró a Pepe para darle nombre a su librería?

 

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