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Por el Valle de la Luna

Icono de la geografía nacional, este fantástico espacio asombra con su relieve, repleto de extrañas formaciones. Un circuito de 40 kilómetros donde cada obra natural habla de la historia del mundo. La marca de las montañas y los dinosaurios
domingo, 21 de junio de 2020 · 09:59

Escribe Pepo Garay

ESPECIAL PARA EL DIARIO

Algunos dicen que fue Victorino de Jesús Herrera, dueño de la antigua estancia Ischigualasto, allá por 1943. Otros que fue el periodista Rogelio Díaz Costa, eterno enamorado del lugar, a fines de la década del 60. Sea quien fuere, acertó: Valle de la Luna le puso. Y la verdad es que todo en este lugar hace honor al bautismo. Paisajes de cráteres y raras formaciones. Inmensidad plena, sensación de desarraigo. Belleza, belleza en su más puro significado. Al fondo, las cadenas montañosas nos arrancan la ilusión: estamos en el planeta Tierra. Cerca de la cordillera, en el Parque Provincial Ischigualasto, San Juan. El espejismo terminó ¿o recién comienza?

El Valle de la Luna parece obra de un genio del diseño al aire libre, donde cada cosa fue puesta en su lugar para deleite del visitante. Pero no. Nunca tan lejos. Todo aquí ha sido acción de la naturaleza, del andar de los siglos y sus caprichos. Lluvia, viento, erosión. Ubicado al centro-este de la provincia cuyana, cerquita del límite con La Rioja, el Parque Provincial Ischigualasto resguarda aquellas creaciones y las ofrece al hombre tal cual las encontró. Solo le ha agregado un camino. El viajero se da por aludido, y subiéndose al automóvil, comienza a recorrer las bondades de un sitio único.   

Serán 40 kilómetros de gratitud. Una decena de paradas en el medio, para ver de cerca algunas de las más extrañas formaciones rocosas que existan sobre el suelo terráqueo. Entre cada posta, el sin fin de majestuosas visuales del valle y sus portentos. Un guía acompaña la caravana de 10 autos, ayudando a explicar e interpretar lo que los ojos no quieren creer. 

 

Paso a paso

La primera parada del circuito se llama El Gusano. La enorme piedra habla con sus rasgos: cada una de las franjas que posee, cuentan una parte de la historia del planeta. El guía explica: este punto inicial es un ejemplo del Triásico Medio. Durante tres horas, llenaremos las alforjas de conocimiento sobre períodos geológicos. También de enseñanzas sobre la vida de los dinosaurios, quienes se desarrollaron aquí como en pocas partes del globo.     

Después vendrá la travesía por la Formación Los Rastros, y de inmediato el arribo a El Balcón del Valle Pintado. Desde ese mirador, se aprecia con claridad la Formación Ischigualasto. En cierto sentido, aquí radica la esencia del parque: un suave cañón donde especies de dunas de piedra multicolor consagran su espectáculo. 

Luego de pasar por “Los Vagones”, el itinerario lo marca la célebre Cancha de Bochas. Los autos se frenan, y una breve caminata culmina con el encuentro cercano con estas rocas perfectamente redondeadas, misteriosas y atrayentes por igual. Antes, se puede apreciar La Esfinge, especie de montículo que sin dudas se asemeja a las estatuas que los egipcios le dedicaban a dioses y emperadores.     

Ya en la última parte de la excursión, las siluetas de El Submarino y El Hongo siguen haciéndonos caer en cuenta respecto al paso de los milenios. Sobre el final, es momento de apreciar los sedimentos más jóvenes. La Formación Los Colorados determina la despedida. Pertenecen al Triásico Superior Alto, y tienen 200 millones de años de edad. La peculiaridad de la misma también está en los colores: rojo constante vigoriza los altos paredones.

Se termina la vuelta y quedan ganas de seguir. Un paseo por el Museo Paleontológico apenas aplacará la sed. El resto será tratar de recordar lo vivido de la manera más fiel. 

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